Cartelera Turia. Entrevista a Pérez Giner.


Josep Antoni Pérez Giner, productor cinematográfico.

Una persona es director de cine porque nunca ha llegado al orgasmo.

Los Premios Tirant que otorga el diario ‘Levante-EMV’ rindieron homenaje en su pasada edición a la figura del productor Josep Antoni Pérez Giner (Valencia, 1935), una figura fundamental para entender los últimos 40 años del cine español a través de películas como La muchacha de las bragas de oro, El diputado, Últimas tardes con Teresa, La nova cançó o Juguetes rotos. De su dilatada experiencia en el mundo del cine, Pérez Giner habló para Turia.

-¿Por qué se dedicó a la producción?
-Podría contarte una historia más bonita, pero la pura verdad es que estaba estudiando derecho en Madrid con una beca y necesitaba dinero. Tuve la oportunidad de meterme en el mundo del cine y la aproveché. No fue algo vocacional, sino una fuente de ingresos, aunque luego, con los años, es una profesión que realmente me gusta.

-Yo me refería a por qué eligió la producción como camino para trabajar en el cine…
-Pues porque yo comencé haciendo tareas de producción y, en aquella época, se tenía que seguir toda una carrera impuesta por el sindicato vertical que obligaba a hacer tres películas de meritorio, cinco de regidor, cinco de ayudante de producción y dos de ayudante de dirección para que te dieran el título de jefe de producción. Después, sí que me propusieron muchas veces que dirigiera una película, pero es algo que no me ha interesado nunca.

-¿Por qué? Es el sueño de la mayoría de la gente que se dedica al cine.
-Porque creo que es uno de los trabajos más desagradables y más tristes del mundo junto al de arquitecto. Un pintor pinta lo que quiere, un escritor escribe lo que quiere, pero un arquitecto, si no tiene el material o el presupuesto que necesita, hace el 10 % de lo que quiere. Al director de cine le pasa lo mismo, quiere un actor y le dicen que no, que es mejor otro; quiere colocar un foco aquí y no le dejan. Total, que de lo que quiere sólo llega a hacer el 5 %.

-Pero el director tiene un aspecto creativo en su trabajo mucho mayor que el resto de técnicos…
-Esa es una teoría que yo no comparto. La película es un trabajo colectivo en el que todos son co-autores. Si te fijas, el Oscar de Hollywood a la mejor película se lo dan al productor, no al director, porque lo consideran representante del colectivo que ha hecho la película.

-¿El de productor es también un trabajo creativo?
-Mucho. Tienes un presupuesto y has de administrarlo. Has de dosificar el presupuesto y eso es darle más o menos oportunidad al director. El productor actúa como una pared de frontón. El director te llega y te da sus ideas, que son como una pelota que viene y va.

-Pero usted no ha sido un productor co-autor a lo largo de su carrera.
-No, no ha sido mi caso, como por ejemplo el de Elías Querejeta, que se mete mucho en la película. Yo dejo mucha libertad al director, porque las películas, de una manera o de otra, son siempre de él. Incluso en películas que he trabajado con directores que no tenían ni idea, que no diré nombres, tienen algo que las hace suyas. Una persona es director de cine porque no ha llegado nunca al orgasmo y sólo lo logra cuando comienza a rodar.

-Hay una época suya especialmente apasionante, a comienzos de los setenta, cuando produjo un buen número de películas de género…
-Eso fue una idea de Ricardo Muñoz Suay, que trabajaba entonces conmigo, y se le ocurrió, para dar continuidad al personal que estaba en la productora, crear la Hammer española. Te aseguro que aquellas películas salían a los cines ya amortizadas, porque se vendían a un montón de países.

-Cuando se acabó aquello, su carrera ha sido muy heterodoxa.
-Es a mí siempre me han ilusionado dos tipos de películas: las que podían ir bien de público y las que podían tener una rentabilidad cultural. Estoy muy orgulloso de haber hecho Latino Bar, de Paul Leduc, o Juguetes rotos, de Summers, que son cintas con un rendimiento cultural. Y a la vez hacía películas comerciales. Creo que es un fracaso para un productor hacer películas que no interesen ni al público, ni a la crítica ni a los festivales.

-Por eso hizo una película como La chica de Tahití, de Ozores…
-Sí, además, esa película tiene una historia muy graciosa, porque la iba a hacer Sabrina, aquella italiana que salía enseñando las tetas en televisión. Ella aceptó, pero tenía una exclusiva con Berlusconi y no le dejaron hacerla. Entonces teníamos un guión escrito y tuvo que sustituirla Vaitiare.


3 de Septiembre de 2004 en Cartelera Turia num 2118 en la sección Intervistas.

Frank Lasecca

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